20. Un nuevo modelo económico. Objeciones (IV) Sistema financiero.

Lo que también provoca muchas inquietudes es que el modelo tal como está concebido es incompatible con un sistema financiero tal y como lo conocemos. Y muchos consideran que sin éste el modelo dificilmente podría ser viable.

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19. Un nuevo modelo económico. Objeciones (III).

EMPLEO PRIVADO.

Una crítica recurrente y que provoca mayores suspicacias es la ausencia de protección laboral de los trabajadores en general y de la industria privada en particular. Pero, si lo pensamos bien, la razón de la mayor parte de estas medidas e idemnizaciones están pensadas para proteger al trabajador ante la circunstancia de quedarse sin trabajo y que pueda costarle volver a encontralo. Por ello, cuando esta contingencia no puede producirse al estar el trabajo garantizado, tales medidas no tienen sentido, o al menos no el que se le estaba dando.

Más controvertido es el asunto de las huelgas. Dado que los sueldos son individuales y variables, llegar a acuerdos conjuntos en este tema, es realmente complicado, unido esto a la total libertad de despido, hace que las huelgas no sean ni efectivas y casi ni viables. Para todos los efectos, es como si hubiera de renunciar a ellas. Y las consecuencias de todo esto no parecen demasiado favorables para los obreros.

Y para los menos valiosos, sin duda será así. Aquellos facilimente sustituibles verían reducido su sueldo al mínimo, si bien raramente habría de ser inferior a lo que se cobrara en la industria pública. Pero la cosa iría variando, y mucho, cuanto más preparación o valor aporte a la empresa, ya que aquellos que se supieran más productivos, querrían verlo reflejado en su sueldo, y a la empresa les interesaría retenerlos, sobre todo cuando la mayor actividad de las empresas y la previsible reducción de tiempos de trabajo, por las causas explicadas en los capítulos 4 y 9, contrajeran notablemente el número de aspirantes a cada puesto, y con ello las posibilidades de encontrar alguien igual o mejor al mismo precio, a lo que habría que sumar  los costes de búsqueda y prueba.

El modelo actual incentiva poco a los trabajadores a ser más productivos. Básicamente, el empleado trabaja lo que considera suficiente para no ser despedido, lo que muchas veces constituye el mayor y casi exclusivo estímulo laboral. Así las cosas, los empresarios tratan de evitarlo poniendo unos mínimos de producción o “controles”, pero esto también tiene un efecto perverso, y es que los trabajadores menos productivos presionan a los más capaces para que no superen en demasía ese límite, por temor de que puedan subirles el tope.

Así, el sistema de sueldos más o menos fijos y en bloques o categorías, no beneficia o ampara sino a los menos productivos, que además se constituyen en el baremo que fijará esa productividad, mediocrizando a toda la plantilla. Y eso es claramente ineficiente. Son necesarios incentivos directos, que al trabajador se le remunere según su productividad o lo que aporta a la empresa, para que esta productividad pueda alcanzar su potencial real.

La empresa no sólo se beneficia de deshacerse de los menos eficientes, productivos o motivados, sino que la remuneración individual permite adaptarse a las demandas de cada puesto. Así, en una tarea que no tenga especial dificultad o relevancia, puede reciclar a los empleados con menos habilidades, si sus pretensiones económicas van en consonancia. Esto, unido a la posibilidad de aumentar y reducir plantilla constantemente, según necesidades de producción, permiten no sólo que no haya más o menos obreros de los necesarios, sino que no haya obreros de los “caros” o sobradamente cualificados realizando tareas “baratas” o que no necesitan de tanta calidad. De este modo, los costes se adaptan con mayor precisión a lo producido, y lo producido también se adapta con mayor precisión a los costes, es decir, a lo que los sueldos de quienes lo producen.

El planteamiento final es simple: una vez establecido un entorno favorable para el funcionamiento de las empresas en conjunto, si además consigues mejores rendimientos de los trabajadores mediante un sistema que incentiva la productividad y penaliza su falta, se pueden obtener las mejores condiciones posibles para la producción de mercancías. Tras lo cual sólo quedaría un reparto conveniente y eficiente sobre lo obtenido mediante ellas, para configurar un sistema que supere claramente a todos los conocidos con anterioridad.

 

18. Un nuevo modelo económico. Objeciones (II).

EMPLEADOS PÚBLICOS.

Algunos ven una insuficiente remuneración e incluso precariedad en los empleos públicos. Aunque las cifras serían orientativas y especulativas, en el anterior capítulo aventuré una que supondría poco más de unos 650 euros al més. Evidentemente, esto sería muy poco, pero hay que considerar muchas cosas, y esto sí que es importante, porque estamos hablando de lo que resultaría el importe de la hora-trabajo básica, que sería el valor de la unidad de medida en que se basa todo el sistema.

Hay que considerar que más allá de esto no hay nada, no hay otro mecanismo que asegure ingresos a la gente, por ello este tendría que ser ese mecanismo, porque la posibilidad de quedar totalmente desprotegido es inaceptable además de peligrosa, porque permitiría explotar y abusar de los trabajadores. Por ello, habría de asegurar un ingreso mínimo, aunque ni siquiera se acudiese al trabajo, porque también hay que considerar que aquí se juntaría de todo, pero entre ellos estarían todos los que no han querido en ningún otro sitio ni tienen especiales cualidades o afición por el trabajo.

Pero, por esta causa, los que ni siquiera van a trabajar, no podrían cobrar lo mismo que los que al menos se molesten en ir, por razones obvias, así que de esa cantidad, habría que penalizar las inasistencias o el comportamiento inadecuado, pero sólo hasta cierto punto que ya no se podría vulnerar. Pongamos que ese límite fuera en el que algunos situan una RBU o renta básica, unos 400 euros.

Aparte de ésto, como ya se ha comentado, en este punto son muy importantes los incentivos, porque si no, los rendimientos tenderán a equipararse por lo bajo, y la productividad general sería mínima. Así, sumando los incentivos por esta productividad, los ingresos podrían acercarse a los 1000 euros. Que no sería para sacar pecho, pero hay que entender que si las remuneraciones no se corresponden con la productividad o con el valor de lo creado, estos recursos se restan de lo que producen otros, y aunque este modelo pretende ser más eficiente y más justo, su principal pretensión es su caracter científico y su viabilidad, porque una vez viable puede hacérsele más justo, en tanto que de no ser viable, su justicia morirá con él.

Tambien hay que tener en cuenta que el mínimo que cobren en la industria pública marca también de hecho el salario mínimo que puede ofertar la privada, y con ello el margen de rentabilidad en que pueden operar. Y esto es así porque de donde ya no te pueden despedir, el nivel de exigencia tampoco puede ser el mismo, por ello, si se ha de cobrar igual, es más probable que el trabajador prefiera trabajar en la industria pública.

Por ello los salarios en la industria pública no pueden ser altos, al menos nominalmente, porque no es igual de atrayente poder llegar a cobrar cerca de 1000 euros dependiendo de la producción o circunstancias del trabajo, que si se cobrara independientemente del trabajo y las circunstancias. De esta manera, los incentivos al trabajo juegan a favor de la industria pública y no condicionan o penalizan tanto a la privada.

Los incentivos son la gran ventaja que tradicionalemente ha tenido el sistema capitalista sobre el socialismo de estado que ha sido conocido como “comunismo”. Los peores inconvenientes,  que algunos de esos incentivos no son tales, sino simple necesidad, y que desperdicia una gran cantidad de mano de obra para asegurarse la existencia de esa necesidad. En este nuevo modelo, la necesidad es inaceptable, así como el desperdicio de mano de obra, pero asimismo trata de aprovechar las ventajas de un sistema de incentivos. Y el secreto de los incentivos es que alguien quiera o le interese hacer algo, no que lo necesite. Todas las imposiciones, tanto en los autoritarismos socialistas como en el capitalismo salvaje, han solido acabar trágicamente, por lo que hay que contar o servirse inteligentemente de la voluntad o características de las personas, en lugar de tratar de encajarlas a la fuerza en el sistema.

 

17. Un nuevo modelo económico. Objeciones.

INFLACIÓN.

Al preguntar sobre los principales inconvenientes que ven en este modelo, la mayoría aluden al peligro de la inflación o incluso hay quien habla de hiperinflación, lo cuál evidencia que no lo han entendido, porque esto último es directamente imposible. Pero no sólo no entenderían el modelo, sino la misma dinámica de la hiperinflación.

Hay que tener en cuenta que la hiperinflación se alimenta a sí misma, y que la sufren los precios, o sea, el valor dinerario, no el valor en horas-trabajo. Es decir, que un panadero podrá cobrar por su pan uno o un millón de marcos, pero tanto en un caso como en el otro estará cobrando aproximadamente la misma cantidad en horas-trabajo, por tanto, lo único que hiperinflaciona es el valor de estas horas-trabajo.

Por ello, cuando el dinero que se crea lo hace a través de unas horas-trabajo no sólo con valor fijo, sino con algo que pretende ser valor de cambio, (en modelo teórico se puede trabajar con el concepto, en el práctico, sería mejor ir paso a paso, y dejarlo para cuando el modelo estuviera asentado), tales horas-trabajo no sólo no pueden inflacionar, sino que más allá de cierto punto, que es su relación de productividad, dejan de inducirla para pasar a controlarla e incluso a dificultarla, por lo que, curiosamente, lo que podría generar problemas desconocidos son unos precios demasiado estables.

Esto no cambia ni en el caso de paises con tremendas tasas de paro, como pueda ser España. Para empezar, porque una mayor liberarización de la industria y simplificación de los procesos burocraticos, reduciría notablemente esa tasa de paro, pero aunque no fuera así, la masa de dinero puesta en circulación no sería tan importante como creemos, porque aunque la tasa de paro fuese del 20%, este porcentaje es respecto a las personas en edad de trabajar, respecto a la población sería alrededor del 10%.

Los ingresos de esta parte de la población, mediante creación de dinero, serían muy inferiores a la media del resto de trabajadores. Y lo serían bastante más de la mitad, como poco a partir de un tercio. Así, si el sueldo medio rondara los 24.000 euros anuales, la emisión sería de unos 8.000 euros por trabajador, multiplicado por incluso cinco millones, no serían más de 40.000 millones de euros, o sea, alrededor de un 4% del PIB. Pero además, de ahí habría que restar el dinero recaudado por las mercancias puestas en circulación, financiadas con ese dinero. Aun poniendo que la productividad fuera la quinta parte de la de la industria privada, ese 20% de la población trabajadora, crearía un 4% del PIB.

En el peor de los casos, (que es el que estamos considerando constantemente), el aumento de precios debido solamente a esta razón, no superaría el 4%, y dado que las horas-trabajo donde se origina el dinero es un valor fijo, que no puede aumentar ese 4%, disminuiría su peso respecto al conjunto de la economía en ese mismo porcentaje, de modo que al año siguiente, el peso de las emisiones de dinero ya sólo sería del 3.84%, y así iría bajando año tras año, regulándose a sí misma, teniendo que suplir por impuestos o ventajas fiscales lo que no alcanzara con las emisiones de dinero.

En cierto modo, el sistema es tan simple como que un estado socialista coexistiera, (que no compitiera), con una empresa privada en modo ultraliberal, a la que dejara libre los mejores campos de explotación, y a cambio pudiera recurrir a los recursos de esta para solventar o equilibrar las necesidades del conjunto. Por ello son tan importantes las relaciones de productividad, pues son las que regulan el flujo de transferencias entre los dos modelos. Eso es lo único que puede “inflacionar”, pero al contrario que sucede en el modelo clásico, no se retroalimenta, sino al contrario, es contracíclico y acaba regulándose a sí mismo, por lo que la inflación es muy limitada, y la hiperinflación es imposible.

 

16. Un nuevo modelo económico.

Un asunto a tener en cuenta es que todas estas medidas es más que probable que no pudieran hacerse dentro de la Unión Europea, por lo que el escenario debe recoger las consecuencias de esta contingencia. Como poco, tal cosa sería vista como un gran riesgo, cosa que penaliza fuertemente, y se reflejaría en el cambio a la nueva moneda, que sería objeto de una gran devaulación.

Hay que tener en cuenta que la deuda estaría en euros, por lo que su pago se complicaría notablemente. Aunque esto no es culpa del nuevo sistema, sino “la herencia recibida” del anterior, en cualquier caso, es algo que hay que afrontar de una forma u otra. Y no es algo tan irresoluble como pueda parecer. El primer año sería más comprometido, sobre todo teniendo en cuenta que el sistema financiero no le tendría mucho aprecio a este modelo, y por ello haría todo lo posible por perjudicarlo. Los costes de financiación serían muy onerosos, pero aunque los intereses de la deuda se disparasen por encima del 12%, eso sería a cuatro, siete o diez años, y en ese tiempo, como veremos, pueden pasar muchas cosas.

Debido a la devaulación de la moneda, los productos importados todavía lo tendrían más complicado para competir, por lo que las empresas nacionales ganarían peso en este mercado. Lo contrario ocurriría con los productos que salieran al exterior, con lo que las empresas podrían hacer frente al mayor coste de algunas materias primas y no verían mermada su actividad. El elevado coste del petróleo resultante, aceleraría el proceso de reducción de las distancias medias al puesto de trabajo, aumentando el ahorro y la eficiencia. También el turismo sería muy beneficiado de la devaulación monetaria.

Tras el primer año, el gasto se reduciría notablemente, mientras que la recaudación del estado subiría de la misma manera, a cuenta de: Los ingresos por el impuesto al consumo, debidos a la inflación de los precios. El aumento de las importaciones y los aranceles impuestos a éstas. Un ligero aumento de los dividendos a medida que las empresas ganasen confianza. Los efectos ligados a la inflación y el consumo, como la mayor velocidad de circulación del dinero, así como presionaría al ahorro a convertirse en inversión mediante la adquisición de las emisiones de empresas avaladas por el estado.

Pero el peso de todas estas medidas y consecuencias caería sobre los jubilados y los empleados de la industria pública, quienes verían reducidos su poder adquisitivo. En el caso de los jubilados sería una circunstancia temporal, ya que su cuantía estaría condicionada a los ingresos del estado. Serían utilizados como una especie de estabilizadores, siendo considerados como un peso muerto económico, el que primero se reduce cuando las circunstancias son adversas, y con el que se lastra antes de coger demasiada altura o velocidad. De cualquier manera, debido a desvincular las jubilaciones de las cotizaciones, la cuantía de éstas estaría a medio camino entre la pensión media y la mínima actuales, con la circunstancia además de que no son incompatibles con la mayor parte de trabajos y con gran número de actividades económicas, por lo que esta reducción de poder adquisitivo, aparte de ser sólo temporal, nunca sería un drama.

En el caso de los empleados de la industria pública es menos preocupante, porque, como ya dijimos, es un efecto deseado, y además, no están condenados a ella constantemente, sino que en una industria con condiciones tan favorables, lo normal es que puedan acceder a la industria privada y sus mejores condiciones económicas de vez en cuando, lo cual se reflejaría en sus ingresos totales, y de no ser así, no todo sería culpa del sistema, si bien este garantiza ingresos suficientes, y esto también afecta a los pensionistas, siempre pueden recibir descuentos o disfrutar condiciones especiales en articulos sobreproducidos o de próxima caducidad, o cualquier otra que vayan tras la optimización y eficiencia.

Con todo esto, tras el primer año, nos encontrariamos que la producción subiría notablemente, así como la recaudación por la renta y los ingresos arancelarios. Mientras que los gastos habituales en pensiones, subsidios, funcionariado y demás bajaría de forma importante, aunque  esto sería contrarrestado por el gasto en inversiones productivas, a pesar de que parte se financie con emision de dinero. Y a pesar de todo, el superavit sería mínimo. ¿Qué habría ocurrido?

Esto tendría que ver conque la fabricación de bienes de equipo estaría exenta del impuesto al consumo, por lo que una parte de la producción industrial no tributaría, de modo que se “comería” la mayor parte de la subida en la recaudación del impuesto, debido a su mayor eficiencia y a que se hace tributar también a los productos importados. Y las consecuencias de esto se irían reflejando en los siguientes años.

Como ya dijimos, la producción de bienes de equipo tiene dos consecuencias: o bien se incrementa la producción o bien se precisarían menos trabajadores u horas-trabajo en producir lo mismo. En el primer caso se aumentaría lo recaudado por el impuesto al consumo, compensando lo que en su momento se dejó de pagar. Y en el segundo, se reduce el coste por artículo, de modo que pueden abaratarse los precios, de modo que el compensado en este caso sería la sociedad por soportar el peso de los impuestos que la empresa dejó de pagar.Y en ambos casos aumentaría la competitividad de las empresas.

También hay que señalar que, llegados a este punto, la deuda casi dejaría de ser un problema, puesto que el sistema es contracíclico, y como tal, mucho menos vulnerable a las crisis y a los déficits asociados a éstas, por lo que, dejando de necesitar financiación exterior, se puede negociar en posición ventajosa las condiciones en el pago de la deuda o sus intereses.

15. Un nuevo modelo económico. Puesta en práctica.

¿Qué ocurriría de llevarse a cabo? ¿Cómo se desarrollarían los hechos? Lo más complicado es la transición de un modelo a otro, para lo que haría falta el estudio de un equipo amplio y bien preparado. Pero suponiendo que esto se hiciera correctamente, podemos hacer un cálculo realista de las consecuencias que irían teniendo las medidas aquí descritas.

Y España es uno de los escenarios más complejos y difíciles para ello. No sólo por su pertenencia a la Unión Europea y lo que ello significa, sino también por sus características propias, en especial su altísima tasa de paro. Digerir eso no es cosa de tres tardes, por más eficiente que sea el sistema, y eso representa un reto colosal, por la misma esencia y aspiraciones del modelo.

Emplear a cuatro millones de parados, de golpe, en algo útil, es directamente imposible, y en cualquier caso, requeriría una ingente inversión por parte del gobierno en crear las factorías y medios de producción y recuperación, entre los que pudieran estar:

-Plantas de reciclaje de todo tipo, no sólo del consumo doméstico, sino del industrial, con objetivo de máximo aprovechamiento posible. La sobreabundancia de personal disponible permitiría cosas como recojer la basura a las personas mayores, enseñándoles a separar los distintos compuestos, tratando de cambiar la cultura de la gente para que pueda adaptarse a las exigencias y objetivos del nuevo modelo.

-En las zonas montañosas y/o boscosas, aprovechamiento intensivo de la biomasa, tanto para la fabricación de pelets, leña o demás, como para evitar o prevenir incendios. Asimismo, favorecer la explotación ganadera de los montes para evitar la acumulación de malezas que propicien incendios. Repoblación de árboles planteada como un todo, no sólo para su explotación comercial.

-Investigación, fabricación e instalación de paneles solares y en general cualquier tipo de energía renovable. Una aplicación distinta y exportable sería instalarlos en un armazón flotante y cubrir grandes superficies de los embalses. Con esto, aparte de proteger el agua de la evaporación, se consigue: Ahorrarse acondicionamiento y consumo de suelos. Instalación más sencilla, barata, y en muchísimo menos tiempo. Mecanismo de giro mucho mas sencillo. Al estar sobre el agua, un rodillo bajo la barcaza podría limpiarlo periódicamente, haciendo el mantenimiento más fácil y eficiente. Al estar en un embalse, el cableado hasta la red eléctrica es mínimo, y al discurrir bajo el agua en gran parte, se refrigera mejor y sufre menos pérdidas. Pueden salir prácticamente preinstalados de fábrica, con lo que empezarían a producir de inmediato. Debido a que los embalses están de por sí vigilados, y que el acceso hasta paneles flotantes es más difucultoso, las tareas de vigilancia requieren mucho menos gastos. La luz se refleja en el agua, por lo que estos paneles recibirían un pequeño porcentaje más que en tierra. En conjunto, los gastos e instalación podrían suponer la mitad de los de una explotación terrestre, por lo que su rentabilidad podría ser el doble.

-Para el campo, donde está más concentrado el desempleo, la falta de medios y de formación, haría falta un plan nacional de objetivos de producción, en especial de aquellos cultivos que más mano de obra necesitan, y poner las herramientas para facilitar esos objetivos. Invernaderos. Fabricación e instalación riegos por goteo. Ayudas o facilidades para cultivos intensivos en mano de obra. Explotación conjunta, semejantes a los modernos kibutzs, con carácteres propios. Modelos verticales, capaces de llevar el producto desde el campo hasta la tienda, desde su plantación a su consumo, sin otros intermediarios. Posibilidad de expropiación temporal, en régimen de alquiler, para aquellos terrenos o fincas deficientemente explotados… Y en definitiva, cuantas iniciativas puedan paliar ese grave problema.

Todo esto, lógicamente, tendría un coste enorme, y el retorno tardaría bastante en llegar, por lo que el primer año sería muy crítico, con déficits que podrían alcanzar el 15%. Además, la industria privada es de suponer que fuera muy cautelosa en la transición al nuevo modelo, y aunque se eliminaran muchos gastos como las cotizaciones y demás, serían muy reacias a bajar el precio de sus productos, de modo que éstos conservarían gran parte de su valor antes de añadirles el impuesto al consumo. Y como la mayoría tendría parecida actitud, no les forzaría a bajarlos la competencia.

El resultado sería una fuerte inflación, que al final del año podría llegar al 20%. Pero en ello también se empezaría a ver la ventaja de este modelo, ya que la recaudación del estado por el impuesto al consumo crecería a ese mismo ritmo, y como la industria pública no puede aumentar sus sueldos, sus gastos se mantendrán estables, porque, como ya dijimos, los bienes de equipo y los dedicados a los medios de producción no pagan el impuesto de lo que está dedicado al consumo.

De cualquier modo, en un entorno tan turbulento no se puede andar con sutilezas, y el gasto público debe reducirse al mínimo. Las pensiones habrían de ajustarse duramente. El sueldo de los funcionarios sería más complicado, por lo que se podría optar por bajarles las horas y cobrar en proporción a ellas. Para ese momento, la situación daría miedo, por lo que no sería tan difícil.

Tampoco se puede esperar recaudar mucho con los dividendos y el dinero que la empresa pase a la esfera privada. Ante la situación y lo caro que resulta, sin duda preferirían gastarlos en inversiones, y más internacionales que en casa. Durante un tiempo, parecería que el sistema estaría a punto de colapsar. Pero… ¿por qué no sería así? La respuesta en la próxima entrada.

 

 

14. Un nuevo modelo económico. ¿Por qué funcionará?

Como ya dije, cualquier sistema que garantice el aprovechamiento eficiente de nuestros pricipales recursos, recogídos en el capítulo: “La mecánica de las ideas”, tiene el éxito asegurado. Y con este nuevo sistema se consigue:

-Una menor necesidad de trabajo, y con ello de consumo, unido a una recuperación y reciclado intensivo de materiales, hace que el aprovechamiento de éstos sea infinitamente mayor, así como el que los artículos de segunda mano no paguen impuesto al consumo, lo cual también incide en su recuperación y vida útil. Además, la libertad y simplificación del modelo productivo, que permite poder seguir trabajando tras la jubilación, o compatibilizar ocupaciones, posibilitarían el establecimiento de pequeñas explotaciones agropecuarias (y de todo tipo) que darían más calidad de vida a animales, personas y productos.

-Dado que la transformación y transporte de los productos requiere energía, una reducción en el consumo, incide también en el consumo de ésta, lo cual, unido a las actividades del empleo público para hacer rentables proyectos y productos de mayor eficiencia energética, redundarían en un mejor y más eficiente aprovechamiento de este recurso. También las mejores oportunidades de optimización laboral, que reduce las distancias del trabajo al domicilio, aporta no pocos ahorros en transporte y contaminación.

-Pero, de largo, es el aprovechamiento del recurso humano el que mejor parado resultaría en comparación. No sólo por la erradicación del paro, sino porque actividades improductivas y/o parasitarias, como el sistema financiero, la publicidad, etc, se verían muy reducidas y limitadas, con lo que un gran contingente de mano de obra quedaria libre para otros fines. Además, la gran libertad de la industria daría herramientas a ésta para poder aprovechar más eficientemente su fuerza de trabajo.

El sistema cuenta, además, con importantes ventajas respecto a la competencia exterior, propiciados por una fiscalidad más lógica y eficiente, con lo cual reduciría y se protegería de los perniciosos efectos de los déficits en la balanza de pagos. Ese sistema, no sólo consigue que cotice todo el consumo efectuado en el país, sino que, al desvincular los sueldos con las cotizaciones, a la hora de la jubilación permitiría un reparto más igualitario de los sueldos percibidos, lo cual, sumado a que no es incompatible con muchas actividades productivas, garantizaría un buen nivel de vida. Pero también, en caso de necesidad, permitiría una importante capacidad de ajuste.

El sistema no sólo está diseñado para alcanzar la máxima producción, sino para reducir los gastos del estado, ya que la mayor simplificación impositiva permite reducir la administración y sus gastos, así como no sería concebible tal liberalidad con las actividades productivas sin una drástica reducción de la burocracia y sus costes, creando instrumentos que permitieran incluso la explotación provisional de negocios mientras se realizan todos los trámites necesarios.

Asimismo, al erradicar el desempleo, se consigue también reducir notablemente todo tipo de gastos o ayudas sociales, y, como ya vimos, sin grandes costes, porque los beneficios de la creación de dinero lo percibirían quienes crearan o recuperaran mercancías a través de sus horas-trabajo, en vez de que la mayor parte de ese beneficio recaiga en el sistema financiero. Mientras que los perjuicios, limitados a la diferencia entre lo producido y lo recibido a cambio, diferencia que cada vez sería menor, lo pagaría la sociedad en pleno a través del consumo, con lo que pagarían más los que más consumieran, es decir, que pagarían más los que más pudieran.

Hay una teoría que dice: “cuantos más policías, más ladrones”, no porque se equipare a unos con los otros, sino porque los policías deben ser mantenidos con los impuestos, por lo que un aumento en su número implicaría más gasto o presión fiscal, lo cual deterioraría un poco las condiciones de vida de la gente, con lo que también aumentaría el número de los que se sintieran tentados por la delincuencia. De este modo, un sistema más justo no sólo sufre menos pérdidas a causa de delitos, sino que el gasto en aquellos que deben combatirlos es menor, y ello puede revertir de nuevo en el bienestar de la gente.

En definitiva, el sistema facilita las condiciones para una máxima producción, a la vez que permite reducir enormemente los gastos. Es más eficiente y competitiva respecto al exterior, y es menos suceptible de ser dañada o corrompida por quienes detentan el poder económico. Da mucha mas libertad y posibilidades tanto a empresarios como a los trabajadores, sin que sea a costa unos de los otros. Es más sostenible medioambientalmente, e incluso incluye el tiempo y la felicidad como valores económicos.

13.Un nuevo modelo económico.

Hay una aparente gran contradicción en este nuevo modelo, debido a que procura incentivar la producción y penalizar el consumo, cuando hasta ahora se consideraba que no podían ir el uno sin el otro, que eran parte de una misma cosa, ya que… ¿qué sentido tendría crear algo si luego no ha de ser consumido?

Para empezar, esto no es del todo así, ya que el impuesto al consumo es el llamado a sustituir las cotizaciones y algún impuesto menor. Pero… ¿y si fuera realmente así? Es decir, si el montante de este impuesto fuese mayor que aquellos, que rebasara incluso lo que obtiene debido a su mayor eficiencia, de modo que encareciera en algo los precios respecto al modelo anterior.

En tal caso, el consumo disminuiría, con él la producción, con ésta las horas trabajadas, con lo cual habría menos dinero disponible, el consumo se reduciría de nuevo y vuelta a empezar. Eso al menos ocurriría en teoría en un modelo clásico. Pero aquí habría una serie de diferencias a tener en cuenta.

Como ya hemos dicho, el impuesto al consumo lo sufren especialmente los productos importados, de modo que aumentos en el mismo dejaría en el mercado nichos sin cubrir, donde las empresas nacionales podrían enjuagar en algo el descenso en las ventas. También haría más atractiva la exportación, incluso aunque los “aranceles” subieran en la misma medida.

También, al no haber paro, los ajustes no son bruscos, y las empresas, que además tienen más facilidades para ello, pueden adaptarse perfectamente, por lo que apenas habría quiebras. Además, dado que no está sometida del mismo modo al impuesto, esto haría que la empresa pública fuese más competitiva, de modo que sus mayores ingresos pudieran reflejarse en la cuantía de sus incentivos y en su producción. En conjunto, todo ello atemperaría los peores efectos de la medida, mientras espera la incidencia de los buenos.

Y aquí podrían suceder dos cosas: que al subir el impuesto aumente también la recaudación, o que no lo haga, puesto que el consumo se puede reducir en mayor medida que el aumento de la tasa.

SI AUMENTA LA RECAUDACIÓN: El gobierno ha de ser consciente que sus actividades suelen ser menos rentables que la industria productiva privada, por lo que si el objetivo es aumentar la riqueza, eso pasaría por incentivar la industria más productiva. Así, estos recursos podrían emplearse para la investigación y desarrollo, o para ayudas a la innovación, de modo que, lo que se ha sacado del conjunto de productos, repercuta en que el peso que entre ellos tienen los de más alta gama técnica, los de mayor valor añadido, aumente, y con ello la riqueza total. Lo cual aumentaría el dinero para gastar, con ello el consumo, y podría convertir un círculo vicioso en un círculo virtuoso.

SI LA RECAUDACIÓN SE REDUCE. Esto puede pasar si los trabajadores reducen más su gasto que las horas trabajadas, con lo que aumentaría la tasa de ahorro. Pero debido a la reconfiguración del sistema financiero, y dadas las ventajas fiscales de la inversión productiva, estos ahorros sólo pueden crecer ligados al sistema productivo, a través de las emisiones de las empresas, respaldadas por el estado, explicadas en el capítulo del “Capital humano”.

Y aquí se daría otra circunstancia muy importante, y es que la fabricación de los bienes de equipo para las empresas, no está sujeta al impuesto al consumo, por lo que aumentos de éste, no la hace sino más atractiva. De ahí que estas medidas, en conjunto, no disminuirían tanto el consumo, sino que realmente lo canalizarían del consumo personal al industrial, facilitando la modernización de la misma, y su competitividad.

En cierto modo, recordaría a una economía de guerra, caracterizada por una alta producción y un mínimo consumo. Y es de sobra conocido que este tipo de economía dispara el desarrollo de un país cuando éste escapa de los peores efectos destructivos de la confrontación bélica.

Pero lo curioso es que este impuesto al consumo tendería a ir siempre en aumento. Y esto es así porque la modernización de la industria aumentaría su productividad, lo que a su vez aumentaría su capacidad productiva, o reduciría el número de trabajadores necesario por unidad de producto. -(Más lo segundo que lo primero)-. Por lo que, o bien aumenta la capacidad de consumo de los trabajadores, (lo cual estiraría la brecha entre los salarios de éstos y los del sector público), o bien  ha de subirse el importe del impuesto al consumo.

Además, la economía poco a poco iría acusando el “efecto Marx”, ya que los trabajadores irían progresivamente accediendo a la propiedad de los medios de producción, lo cual permite reducir los márgenes de beneficio, puesto que los trabajadores no dependen de estos, sino de su sueldo, lo cual, unido a falta de dependencia del capital y de amortizaciones financieras, haría la industria infinitamente más competitiva.

 

12. Un nuevo modelo económico. Ineficiencias. (VIII). Valor y precio añadido.

Hay una ineficiencia muy sutil, tanto como puede ser la diferencia entre el coste y el valor de un artículo. Porque, aunque aquí he sostenido que el precio de algo es el de las horas-trabajo invertido en su realización, en realidad tan sólo tiende a serlo. El precio de un artículo generalmente fluctua entre su coste y su valor, es decir, entre lo que cuesta producirlo, que es el mínimo al que lo dará el vendedor, y el valor que tiene para quien lo desea adquirir, que es el precio máximo que estará dispuesto a pagar.

Pero mientras los costes suelen ser estables y poco dispares para los productores, el valor es mucho más variable para cada persona, y más volátil en su conjunto. Dado que los productores siempre tratarán de vender lo más caro posible, el precio, en principio, lo marcarían los consumidores a través del valor que para ellos tenga el artículo. Mas, aparte que las diferencias entre coste y precio son el beneficio, y éste, el alimento y el impulso de la oferta, vender caro deja muchos nichos de valor sin explotar, es decir, mucho beneficio potencial sin extraer.

Podemos imaginar el valor como una pirámide y el coste como un suelo de ligera pediente (para representar las diferencias de coste), siendo el precio el nivel de explotación de la masa valor. Así, por ejemplo, si el valor máximo que uno estuviera dispuesto a pagar fuera 10 para un coste de 5, pero a 9.90 habría dos personas más que adquirirían el artículo si éste fuera su precio, nos saldría más a cuenta tres beneficios de 4.90 que uno de 5. De este modo, las distintas capas de la piramide de valor contendrían más y más compradores, hasta llegar al suelo y por debajo de éste, que serían aquellos que ni siquiera comprarían a 5, a precio de coste.

Por ello en realidad el precio lo marca el coste, porque precios altos dejarían mucha masa valor sin explotar, (toda la pirámide por encima del suelo y por debajo del precio), y porque los productores, y con ellos la producción, acuden al beneficio como las moscas a la miel, y según ésta no pueda ser absorvida por las capas superiores, tendrá que explotar capas de valor cada vez más bajas hasta que el beneficio tienda a equilibrarse con el del resto del mercado.

Como suele suceder, se impone el factor más adaptable, y éste es la producción, porque, aunque el valor es más disperso, menos cohesionado, no le falta rigidez, puesto que las personas no cambian su idea de valor de algo fácilmente. Esto se comprueba en que los artículos que más beneficios producen son aquellos en los que la producción es larga y/o laboriosa, lo cual le resta flexibilidad y capacidad de adaptarse a los cambios de valor, así como son más sensibles al riesgo. Por ello los incrementos de producción son más cautelosos, y con ello el beneficio suele conservar inercia positiva. También ocurre con aquello cuya oferta no pueda incrementarse fácilmente, como los espacios en las grandes ciudades, o los alojamientos en temporada alta.

De ello cabe concluir que los precios de los productos los marca el precio de coste,  que no es otra cosa que el trabajo que cuesta producirlos, y cuando no es así, es por causa de riesgos, limitaciones e imperfecciones del mercado. En definitiva, en el precio de un artículo, todo lo que no es trabajo, es beneficio, y al estar tan ligado el beneficio a las imperfecciones del mercado, se puede deducir que, a partir de cierto punto, este beneficio es una ineficiencia, por lo que un sistema capaz de contenerlos, además de reducir el riesgo y las distintas causas que sobreelevan este beneficio, sería sin duda positivo.

Aquí, el impuesto al consumo suma otro punto a favor, porque grava por igual al trabajo como al no-trabajo (el beneficio), y como éste sustituye a las cotizaciones, eso sería como hacer cotizar a los beneficios empresariales, sin que ello les suponga perjuicio general alguno, pues aunque el beneficio se reduzca para algunos, el riesgo lo hace para todos. Básicamente es reducir los riesgos y redistribuir los beneficios. Y Además hace más interesante la explotar capas más bajas de la pirámide valor que las capas más altas, con lo que los precios se acercan más al coste, a la inversión en trabajo, y con ello a la eficiencia.

 

11.Un nuevo modelo económico. (VII). Ineficiencias. Varios.

Para comprender hasta qué punto la ingeniería financiera es ineficiente en términos mecánicos, baste decir que su “joya de la corona”, lo que todo el mundo considera el indicador por excelencia del estado de una economía, la bolsa, también se ve salpicada, sino empapada, de esta ineficiencia.

A fin de cuentas, el que un título, o conjunto de ellos, cambie de manos, una o mil veces, en esencia no cambia ni aporta nada ni la empresa en sí, ni a la sociedad en su conjunto. Y en economía, lo que no suma, es que resta. Por ello, este tipo de actividades, según este nuevo modelo, si bien no podría aplicarse el impuesto al consumo tal como está planteado, una tasa importante sí que se llevaría.

¿Y qué consecuencia tendría esto para la bolsa? Terribles. El volumen de transacciones y el valor de los títulos se desplomarían de forma atroz. No parece que sea algo apetecible. Pero el hecho es que las compañías que detentan estos títulos podrían seguir su actividad prácticamente igual, sin que su actividad, beneficios, dividendos y demás se resienta especialmente. Sería más suceptible de ser comprada, eso sí, por lo que la tasa que se aplica a un título, debe aplicarse al conjunto de ellos.

Al final, cuando la humareda se disipe, encontrariamos que los beneficios y dividendos serían parecidos, pero el precio por acción sería mucho menor, de modo que la rentabilidad subiría enormemente. Con lo cual veriamos que la especulación, (un juego de suma cero), le habría estado costando muchísimo dinero a la inversión, (un agente de creación),  lo cual es, a todas luces, ineficiente.

Hay otras grandes y costosísimas ineficiencias en el actual modelo, dos de las mayores son el juego y la publicidad. Si bien el juego podemos aparcarlo y disculparlo en el apartado de ocio y entretenimiento, (con una tasa conveniente), la publicidad es una actividad puramente económica, pero que realmente aporta muy poco a ésta, y no sólo es que sea totalmente ineficiente en terminos mecánicos, sino que se nutre y se aprovecha de nuestra ineficiencia como consumidores.

El consumidor generalmente busca la mejor relación calidad-precio, pero la publicidad no aporta nada a la calidad, sino solamente a la percepción de esta, y en cambio sí tiene repercusión directa en los precios, en los que tiene que reflejar su coste. El consumidor, no es tanto que sea incapaz de apreciar la calidad, como que es demasiado suceptible a ciertos estímulos. Esto hace que su búsqueda de esa relación calidad-precio sea muy deficiente, pero no es una ineficiencia natural, sino inducida por la publicidad, por lo que ésta, además de ineficiente, sería un inductor a la ineficiencia.

Pero no es sólo esto, sino que además la publicidad fomenta el consumo, y con él, el derroche de recursos. Y por si esto fuera poco, es capaz de pervertir la esencia del modelo capitalista: la competencia entre empresas.

Pongamos como ejemplo a dos compañías básicamente iguales, una de las cuales invierte una buena cantidad en publicidad, y la otra, en cambio, prefiere utilizar ese dinero en investigación y en mejorar la calidad de sus productos. La primera obtendría inmediatos resultados mientras la segunda tendría que esperar para obtener sus frutos. Como consecuencia, la primera le comería cuota de mercado y obtendría mayores beneficios y flujos de caja. Cuando los avances cualitativos de la otra empezaran a ser perceptibles, tendría más capital para realizar campañas más intensivas con las que conservar su ventaja en la cuota de mercado o ya, en última instancia, si empezaba a perderla, aprovechando su mejor situación financiera, directamente comprarla.

¿Habría ganado la más “eficiente” como pregona el modelo capitalista? Mas bien sería como favorecer a un velocista en una carrera de fondo, hasta el punto de que pudiera ganarla. Lo cual no es sólo ineficiente, sino absurdo. Y es una ineficiencia muy, pero que muy cara, que mueve ingentes cantidades de dinero en el mundo. Por ello, en el nuevo modelo, esta actividad merecería la aplicación del impuesto al consumo enteramente.